Nota publicada: 2026-08-04
Xizang. Si al bajar del avión en el aeropuerto de Lhasa te encuentras con un sherpa, es que estás en la dirección correcta.
La orografía del Tíbet, formada por altas cordilleras, tiene las dimensiones de un sueño: el infinito que toma las formas sinuosas de picos de montañas coronadas por nubes blanquísimas. Flotan en un cielo azul profundo y bello. Un escalofrío nos recorre el cuerpo entero. Estamos en el techo del mundo. “Above us only sky”, resuena en la mente el verso de John Lennon mientras recordamos los nombres de quienes nos antecedieron en este sueño: Antonio de Andrade y Manuel Marques, en 1624, y la primera mujer occidental en entrar a Lhasa: Alexandra David-Néel, en 1924, y, por supuesto, el polémico nazi Heinrich Harrer, en 1938, autor del libro Siete años en el Tíbet, luego dos veces película.
Eso, película. Todo parece transcurrir en cámara lenta dentro de un filme, porque todo en el Tíbet es un misterio, un encantamiento, un honroso embrujo. Al mirar las montañas sinuosas hermanas del Himalaya tenemos la certeza de que las estamos tocando con las manos, lamiendo con la vista, escuchando con el corazón. Llorar es la única manera que encuentra el cuerpo para responder. ¡Estamos en el Tíbet!
“Morada de nieve”, eso significa la palabra Himalaya. Es imposible sustraerse de esta magia que circunda el paisaje.
El famoso mal de montaña recuerda a los visitantes que Lhasa se encuentra a 3 mil 654 metros sobre el nivel del mar y que cada paso exige respeto por la naturaleza.
En las calles, monjes tibetanos, mujeres con largas trenzas y hombres con sombreros tradicionales forman parte del paisaje cotidiano. Como gesto de bienvenida, los visitantes reciben una khata, un pañuelo ceremonial blanco que simboliza la pureza, el respeto y la compasión dentro del budismo tibetano.
En esta tradición, la compasión, conocida en sánscrito como karuna, representa el deseo profundo de que todos los seres estén libres del sufrimiento y de sus causas, entendidas como emociones negativas como el odio, la envidia y la ambición.
El recorrido concluye con la visita a dos de los sitios más emblemáticos del Tíbet: el templo de Jokhang y el Palacio de Potala, símbolos históricos y espirituales de la cultura tibetana.