• Hermosillo, Sonora, México a     |  Año 24 No. 724    

El otro Santo Niño de Atocha, el más milagroso

Rosario Segura / chalitadecarbo@hotmail.com




Nota publicada: 2018-09-11

Ya les he contado sobre mi nana, mujer forjada en la cultura del trabajo duro y de tener la sartén por el mango para mantener unida a la familia. Visitar su casa siempre era para mí y para los primos, sobrinos y hasta hijos putativos, una fiesta. Deambular por su casa fue siempre descubrir otros mundos, historias imaginarias a veces y, otras, producto de la fe.

Mujer católica sin pararse nunca en la iglesia, tenía su propio santuario en un cuarto al que ella nos enseñó a llamarlo el cuarto de los Santos. Ahí conocí el infierno, un cuadro donde las lenguas de llamas ardientes devoraban a cientos de pecadores, personas que caían en el fuego eterno mientras mostraban caras de dolor. Conocí también al Corazón de Jesús, de bulto, tamaño natural, es decir, de más de un metro, como que era el rey del cuarto; otros cuadros de santos y santas además de vírgenes, porque hasta en la corte celestial hay diferencias, adornaban desde viejos clavos, las cuatro paredes, eran tantos y tan variados que nunca llegué a conocerlos todos. Pero todos, decía mi nana, son milagrosos, aunque uno resultó el más venerado después de un desafortunado incidente y escaramuza culinaria.

Les cuento, así como el cuarto de los santos estaba plagado de ellos, la cocina siempre estuvo repleta de ollas, sartenes, platos, tasas y cucharas, tantos enseres que había pedido a uno de sus hijos clavar en la pared, arriba de la gran estufa de leña, unos entrepaños de madera y sobre ellos colocó otra cantidad de cosas, entre otras un Santo Niño de Atocha, de tamaño medianito que alguien llegó cargando desde tierras remotas y se lo regaló como muestra de su afecto. 

Ella no lo conocía mucho, así que no le buscó lugar en el cuarto de los santos, aunque cuando lo vio bien descubrió que tenía un cuadro con un niño coloreteado que era, nada más y nada menos, que el pequeño nativo de Atocha; aun así, lo dejó sobre las maderas en la cocina, sin tomarlo mucho en cuenta, no como a los otros a quien diario les rezaba, hincada sobre las baldosas del cuarto, iluminada por la media luz de las veladoras.  

Aunque le contaron que el milagro que le dio fama al Santo Niño de Atocha en la madre patria, durante la ocupación musulmana, cuando Madrid cayó en manos de los invasorese hicieron prisioneros a los hombres y solo a los niños les permitían llevarles agua y comida. Ante esa situación, las mujeres preocupadas por sus maridos e hijos le rezaron a la Señora de Atocha, la Virgen María que tiene un niño Jesús en los brazos, pidiéndole que ayudara a los hombres. 

Sin esperar mucho y como pasa en todas las historias devotas, inició el rumor de que un niño pequeño estaba llevando agua y comida a los prisioneros, esto derivado de que las mujeres aseguraban que cada vez que iban a rezar notaban que el niño en brazos de la virgen tenía los zapatitos sucios y aunque se los cambiaban, sacudían o boleaban, al otro día lo encontraban con los zapatos sucios una vez más.Así, aquellas sufridas mujeres llegaron a la conclusión de que el niño desconocido que ayudaba a los prisioneros era el infante Jesús, a quien su madre había enviado a salvarlos, milagro que le valió tener un lugar sentado en un trono, ricamente ataviado.

Con todo y esa bella historia y el testimonial que con lágrimas en los ojos le había contado quien le regaló el busto del niño azul, le buscó un lugar en la cocina, pues mi nana, mujer de fidelidad eterna y, hasta ese momento creía yo a prueba de fuego, ya tenía su devoción repartida entre la Lupita, el Sangrante Corazón de Jesús y el hombre de color, venido de Porras; sin mencionar el preferido de preferidos, el meramente San Francisco Javier. Con eso, la cocina fue el lugar del muchachito de elegante vestimenta y de rozagantes chapas que le hacían ver un cutis envidiable. 

La cocina era para mí nana lo mismo que la droga para los adictos; siempre fue su refugio en las duras y las maduras, ahí se arreglaban bodas, funerales, fiestas y divorcios. Lucía sobre la estufa la calentadera, la olla de los frijoles y el pocillo, colita la llamaba, especial para hacer una rica miel de panocha, postre presente a diario y sobre todo en fechas significativas; la miel de panocha la ofrecía con tortilla de harina, sobre semitas y de alguna manera fue mi primer encuentro con los aderezos, cuando baño unas papas fritas con la mencionada miel. Para mantener a punto todo eso, la estufa se encontraba encendida día y noche.

En una ocasión, mi nana pide a la Amalia, su hija, que le metiera unos palos a la estufa. Poco diestra en la cocina, mi prima retacó el fogón de leños, los que ardieron inmisericorde, alcanzando las tablas que sostenían, entre otras cosas, al Santo niño. Al escuchar los gritos de la chamaca pidiendo auxilio, mi nana corrió para alcanzar a vercómo la figura del niñito santo nadaba en la olla de la miel de panocha cuyos borbotones alcanzaba la cara de mi prima.

Como pudo la retiró del lugar, apagó las llamas para proceder a sacar al santo de la miel; mi prima para ese momento lloraba por las quemaduras, que después supimos eran tan graves que podían dejarla ciega. Su madre, o sea mi nana, le untó cuanto remedio encontró pero lo que realmente la salvó de dejarla en tinieblas fue la invocación que hiciera al Santo Niño de Atocha, aquel que al sacarlo de la miel, el azul brillante de su vestido quedó azulito y  su antes envidiable carita parecía la de una mujer trasnochada con el maquillaje corrido; ese mismo santo que hasta la fecha, en mi familia es invocado como El Santo Niño de Atocha, el embarrado de Panocha. No otro. No el del cuarto De los Santos, ¡No! El embarrado de Panocha. Al que aun invoco,aunque todos se me queden viendo y sonrían por lo peculiar del nombre: ¡Ay Santo Niño de Atocha embarrado de Panocha!

 



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