Nota publicada: 2026-11-01
Entre flores, tumbas y mosquitos.
La tradición nos dicta que cada dos de noviembre debemos acudir fielmente a los panteones para reencontrarnos con las almas de quienes ya partieron. Sin embargo, tal y como están las cosas este año, el verdadero milagro será que no terminemos acompañándolos en el más allá antes de tiempo.
Gracias a una fascinante mezcla de desidia gubernamental y olvido colectivo, nuestros cementerios locales se han transformado en el escenario ideal para una película de terror biológico, justo a tiempo para las festividades. Las recientes y generosas lluvias no solo bendijeron la tierra, sino que convirtieron a cada tumba abandonada, florero viejo y bote de plástico en una suite de lujo de cinco estrellas para el Aedes aegypti. Pareciera que las autoridades locales decidieron delegar la hospitalidad del evento en los mosquitos transmisores del dengue, el zika y el chikungunya. La total ausencia de campañas de descacharrización y la ya mítica falta de fumigación nos garantizan que, en lugar de recibir el cálido susurro de nuestros ancestros, lo que escucharemos de fondo será el inconfundible y amenazante zumbido de millones de hambrientos insectos listos para picar al primer devoto que se atreva a limpiar una lápida. Pero no seamos injustos; el descuido de los panteones no es exclusivo para los insectos voladores. La densa maleza que hoy cubre las tumbas —y que convenientemente ahorra el gasto en decoración verde— funciona como el hábitat perfecto para una selecta variedad de fauna ponzoñosa. Alacranes, arañas viudas negras y alguna que otra serpiente aguardan pacientemente entre la hierba alta el momento exacto en que un confiado ciudadano intente colocar una corona de flores. Es reconfortante saber que, mientras los vivos nos quejamos de la falta de mantenimiento, la biodiversidad local ha encontrado un santuario tan protegido de las brigadas de limpieza urbana. Asistir al panteón este Día de Muertos ya no es un simple acto de fe y memoria; se ha convertido en un deporte de extremo riesgo. Ir sin repelente de alta resistencia, botas industriales y un testamento actualizado es una auténtica imprudencia. Al paso que vamos, con panteones que parecen selvas olvidadas y una nula gestión sanitaria, la tradicional visita anual dejará de ser un homenaje a los difuntos para transformarse, con un toque de macabro sarcasmo, en una eficiente campaña de reclutamiento para nuevos inquilinos en el cementerio.
Quizá, después de todo, debamos agradecer este panorama. Ver los panteones convertidos en auténticas sucursales de la selva tropical es un recordatorio sumamente pedagógico de nuestra propia fragilidad. Las autoridades nos invitan, con su elocuente inacción, a vivir la festividad con el máximo realismo posible: rodeados de peligro, rascándonos las ronchas y esquivando alacranes. Así que este dos de noviembre, mientras esquiva la maleza y reza para que ese zumbido en su oreja no sea el inicio de un cuadro de dengue hemorrágico, consuélese pensando que si la salud pública no nos cuida en vida, por lo menos el panteón ya está listo y ambientado para recibirnos. ¡Feliz y muy arriesgado Día de Muertos!
Dr. César Álvarez Pacheco
@cesar_alvarezp
Huatabampo, Sonora