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Envejecer bien empieza antes de la vejez: hábitos que marcan la diferencia

Excelsior /




Nota publicada: 2026-01-29

Durante años, el envejecimiento se asoció casi exclusivamente con la genética o con el paso inevitable del tiempo. Hoy, la conversación ha cambiado. Especialistas en salud coinciden en que la forma en la que envejecemos está profundamente ligada a lo que comemos y a cómo vivimos desde mucho antes de llegar a la vejez. 

La alimentación, la actividad física, el descanso, la vida social y la estimulación mental conforman una ecuación que define no solo cuántos años vivimos, sino con qué calidad llegamos a ellos.

Más allá de la apariencia física, el envejecimiento saludable se mide en términos de funcionalidad: movilidad, autonomía, memoria y capacidad para sostener una vida activa. En ese contexto, los hábitos cotidianos adquieren un peso determinante que muchas veces se subestima.

La alimentación como base del envejecimiento saludable
La relación entre alimentación y envejecimiento es directa. No se trata de lo que se come de manera ocasional, sino de los patrones que se mantienen a lo largo del tiempo. 

Los hábitos alimenticios determinan el tipo y la cantidad de nutrimentos que el cuerpo recibe, y estos influyen en procesos clave como la conservación de masa muscular, la salud ósea y el funcionamiento cognitivo.

Uno de los puntos más relevantes es la proteína. Estudios han demostrado que, a partir de los 30 o 40 años, el cuerpo comienza a perder masa muscular de forma progresiva. Si esta pérdida no se atiende, puede derivar en menor movilidad, mayor riesgo de caídas y pérdida de independencia en la vejez. Una alimentación adecuada en proteína, acompañada de actividad física, ayuda a desacelerar este proceso.

Actividad física: el soporte del cuerpo que envejece
El movimiento es otro pilar fundamental. La actividad física no solo fortalece músculos y huesos, también contribuye a mantener el equilibrio, la coordinación y la salud cardiovascular. Estos factores son clave para preservar la funcionalidad del cuerpo con el paso de los años.

El ejercicio regular permite que el cuerpo llegue a etapas avanzadas con un mejor soporte estructural. Huesos fuertes y músculos activos se traducen en mayor capacidad de movimiento y menor dependencia. En contraste, el sedentarismo acelera el deterioro físico y limita la calidad de vida en la adultez mayor.

Dormir, convivir y estimular la mente
El envejecimiento saludable no depende únicamente de lo que se come o de cuánto se entrena. La calidad del sueño y la vida social también juegan un papel central. Dormir adecuadamente permite la recuperación física y mental, mientras que la falta de descanso se asocia con deterioro cognitivo y problemas metabólicos.

El factor social es otro componente relevante. Diversos estudios sobre longevidad, incluidos los realizados en las llamadas “zonas azules”, han identificado que las personas que mantienen vínculos sociales sólidos tienden a vivir más y mejor. Sentirse acompañado, valorado y parte de una comunidad impacta directamente en la salud mental y emocional.

A esto se suma la estimulación cognitiva. Mantener la mente activa, aprender cosas nuevas y retar al cerebro ayuda a reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencias. La mente también envejece, pero puede hacerlo de forma más saludable si se ejercita.

Ultraprocesados y azúcar: el riesgo a largo plazo
De acuerdo con Alejandra Romero, experta en nutrición y delegada del Instituto Danone, el consumo constante de azúcares añadidos y alimentos ultraprocesados no envejece “más rápido” de manera inmediata, pero sí aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas como obesidad, diabetes o hipertensión. 

Estas condiciones, una vez instauradas, acompañan a la persona durante décadas y afectan directamente su calidad de vida.

Desarrollar una enfermedad metabólica a los 40 o 45 años implica vivir con sus consecuencias durante otros 30 años o más. Medicación constante, cuidados especiales y posibles complicaciones se convierten en parte de la rutina. En contraste, llegar a la vejez sin estas enfermedades permite una vida más activa y autónoma.

Comer bien sin caer en la restricción
Uno de los errores más comunes al hablar de alimentación es dividir los alimentos en “buenos” y “malos”. Romero explica que el problema no es el consumo ocasional, sino la repetición constante de hábitos poco equilibrados. La clave está en la variedad y la moderación.

Una alimentación balanceada incluye alimentos de todos los grupos: frutas y verduras de distintos colores, proteínas de origen animal o vegetal, cereales integrales, grasas saludables y una hidratación adecuada. La diversidad garantiza el aporte de vitaminas, minerales, fibra y energía necesaria para el cuerpo.

También es importante que la alimentación sea socialmente satisfactoria. Comer no es solo una necesidad biológica, sino una experiencia cultural y emocional, especialmente en países como México, donde la comida ocupa un lugar central en la vida cotidiana.

La edad no es un límite para empezar
Aunque se ha identificado que a partir de los 40 años es un momento clave para prestar mayor atención al envejecimiento saludable, nunca es tarde para hacer cambios. Ajustar la alimentación, moverse más, dormir mejor y cuidar la salud mental siempre tiene un impacto positivo.

Entre antes se adopten hábitos saludables, mayor será el beneficio acumulado. Sin embargo, incluso cambios tardíos pueden mejorar la calidad de vida y reducir el riesgo de dependencia en el futuro. Envejecer es inevitable; hacerlo con salud y autonomía es una construcción diaria.

La fórmula del envejecimiento saludable no se resume en un solo hábito ni en soluciones inmediatas. Es el resultado de decisiones cotidianas que, con el tiempo, definen cómo se vive cada etapa de la vida.



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